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Bonus: Toma realizada desde la duna de Punta Paloma. Se aprecia el ’spot’ de windsurf y kitesurf de Valdevaqueros, la playa de los Lances, Tarifa con Jbel Moussa al fondo y Tánger a la derecha. Read the rest of this entry »
No sé con cuál quedarme, si con ese, hecho con una minidv de puta madre, o con este otro, grabado con un N95. En cualquier caso, es bueno que a los amigos les vaya bien, siempre es un placer, siempre ganas y todo volverá a ser diferente.
Se puede decir que Genebase es una red social. Pero un poco distinta a las de hacer amigos de mentira o a las de buscar carne.
La pasada navidad encargué medio en broma un test genético. Te envían un bastoncillo, te lo restriegas bien por las encías y se lo devuelves por correo. Trabajo ingrato el del genetista. Meses después te dicen que tu halogrupo es el R. Aunque un mapa te recuerda que saliste de África y que todos procedemos, literalmente, del mismo útero, descubres que eres indoeuropeo, nada raro, y que si estás aquí es porque hace 30.000 años nació, creció y se reprodujo un hombre del que deriva toda esta sangre. Aquel hombre vivía en el Noroeste de Asia y sus descendientes pueblan toda Europa y también el otro lado del atlántico. Es muy lógico.
Pero también te dicen que es muy probable que pertenezcas a un subgrupo llamado R1b, dominante al 89% en los galeses, al 88 en los vascos y al 81 en los irlandeses. Ese subgrupo también estaba presente en los cro-magnon, lo cual aclararía muchas cosas.
En seguida otros buscadores de sangre te escriben porque han comparado sus análisis con los tuyos. Quieren saber de ti, de tus orígenes y se establece una relación incómoda e interesante.
La genética es pura estadística y se puede calcular hace cuánto que esa sangre se juntó o se separó. En mi caso, según parece, hay un 68% de probabilidades de que un señor de raro apellido que vive a tomar por culo y yo, compartamos un pariente paterno hace entre 2 y 3 generaciones. Entonces te da por pensar que quizás tu bisabuelo era un picha brava. Que igual tenía más reinos fuera de aquel pequeño pueblo de Orense. Y te imaginas a un señor anglosajón, con tu misma nariz, quizás con las mismas dos canas colocadas en el mismo sitio o con la misma voz intentando averiguar por qué tiene esa nariz, esas dos canas y esa voz. Y de pronto te sientes más humano.