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Sudáfrica / Suazilandia (lo que no voy a hacer)

Crime Alert | Camino a Suazilandia
Iba a hacer un vídeo pero al final no. Bueno, hice esta castaña de prueba. La verdad es que el amigo Oriol y yo nos fuimos a esos dos países más que nada para transitar y vivir un poco. Al menos en mi caso, habiendo enviudado recientemente, no tenía demasiadas ganas de trabajar. Así que, como dice Sergio Caro, no hay historia. Y como no hay historia, ahí van las fotos a capón. Además tengo otra cosa entre manos. En realidad sí hay historias, pero son muchas y pequeñas. Para periodistas que tengan tiempo y ganas, nos contaron en Soweto que hay dos familias blancas que no quieren irse.

No es que en Soweto se persiga a los blancos. La presión es más sutil. La población negra ha construído un orden social bastante sólido (por ejemplo, están muy orgullosos de su nueva y única universidad), roto últimamente por la inmigración de los países limítrofes. Mientras que los blancos ricachones de Johanesburgo se recluyen, literalmente, en urbanizaciones insípidas y blindadas, los negros con cierto poder no se van de Soweto. Hay unas casas de la hostia. Pues bien, en medio de esa universo creado para demostrar a los blancos que no es necesaria su intervención, están esas familias blancas. Nosotros sólo estuvimos allí dos días. Sería un fantástico reportaje para el mundial o para ya.

También me gustaría leer en algún sitio qué van a hacer con las montañas de mineral pesado que se acumulan por doquier junto a las barriadas de Soweto (toda la zona de Johanesburgo está horadada de galerías de oro y diamantes). A pesar de que algunas están replantadas, cuando sopla fuerte, esas partículas venenosas lo inundan todo. Quizás por eso -otro reportaje bonito- allí está uno de los más grandes hospitales de África que, según me contaban, recibe pacientes sin pedir demasiada documentación y por poco dinero. Y el SIDA, y el alquiler de teléfonos móviles…

No sé qué van a hacer con tanto turista en cuanto llegue el mundial. Johanesburgo es una de las ciudades más peligrosas del mundo. La city, moderna y asquerosamente lujosa en algunas zonas, se convierte en una zona de guerra por las noches. Los pocos blancos que no se han desplazado a Ciudad del Cabo huyen de allí antes de que caiga el sol. Mucho antes. De la oficina al ascensor, del ascensor al coche y del coche a la fortaleza del extrarradio. Nosotros no vimos a ningún blanco la noche que pasamos allí. A ninguno.

Luego está la citada Ciudad del Cabo. Ciudad relativamente libre, donde si eres gay tienes menos posibilidades de ser acuchillado con saña, aunque también las tienes. Hay una calle en Ciudad del Cabo que es el sueño de cualquier narrador. Oriol lo explicaba un poco. Es un lugar perfectamente definido en el espacio y en el tiempo. Sabes que a las 2:00 am el yonki patapalo aparecerá más o menos por la misma esquina. Los diez o quince vendedores de marihuana (mala, por cierto) se apostan siempre bajo los mismos soportales y se comportan siempre de la misma forma. La policia, casi de chiste, intentará también vender marihuana a algún blanquito. También hay putas, claro. Pero, al contrario que en las ramblas de Barcelona, no acosan a nadie. En las tres noches que pasamos en el corazón de Long Street terminamos por reconocer bastante bien a todos los personajes principales de esa rutina nocturna. Estaba también el yonki blanco, que probablemente ya esté muerto, y las pocas modelos que se dejaban caer por los garitos a partir de medianoche. Ninguna era Charlize Theron. Es una calle muy elegante, flanqueada por construcciones holandesas y por restaurantes con el mejor marisco que he probado en mi vida. Lo siento por la mitad gallega, pero es así. Long Street. Cada noche un par de peleas, gente corriendo de aquí allá con la ansiedad del perseguido pero sin nadie detrás.

De la naturaleza no voy a hablar mucho porque no creo que sea necesario. Todo es extremo, de una magnitud que no se entiende en Europa. El Cabo de Buena Esperanza es en realidad el fin del mundo, el sol es más poderoso, el mar bate más. Notas todo el rato que estás en un lugar que te es ajeno. Como el resto del país, como el resto del continente.

En lugar de ver leones o a los famosos tiburones blancos, un día decidimos ir a Suazilandia. Yo quería quedarme en Ciudad del Cabo emborrachándome, yendo a nadar y comiendo como los reyes pero a Oriol le gustan los países pequeños y me convenció. Y Suazilandia es muy pequeño. Yo no sabía que tiene la esperanza de vida más baja del planeta (32,1 años) y la tasa de SIDA más alta (37%). Esto es así gracias a los blanquitos de Sudáfrica que, durante el apartheid, usaron este territorio como puticlub y casino a partes iguales porque en Sudáfrica estaba prohibido ir de putas y jugar. Suazilandia es un reino y su gente es dura. No en vano tienen que soportar que a un príncipe que celebra su cumpleaños en la MTV mientras elige a diez o quince muchachas en pelotas para pasar la temporada. Aún así parece ser que le apoyan. Este punto es difícil de comprobar ya que el único lugar de interacción que tuvimos fue la capital (Mbabane), simulacro de orden y de ciudad importante. Nos fue vedada pronto por unos señores que, chopo en mano, nos querían borrar las fotos. Resulta que, sin querer, hicimos una de la embajada de EEUU. Tras 20 minutos de tocarnos los cojones en el hall de un edificio que compartían el banco nacional y la embajada, vino un marine. Hablaba español y estaba cansado. Imagino que terminaría allí como castigo por haberse tirado a la hija de algún general o a un general directamente. Nos dejó ir pronto.

Estuvimos en la selva, conduciendo a toda velocidad por pistas de tierra roja y penetrante, cruzando cascadas que aquí serían parques nacionales, recorriendo pistas forestales rodeadas de kilómetros y kilómetros y kilómetros cuadrados de pinos propiedad del gobierno chino. En lugar de invadirla, China está comprando África. El edificio más impresionante de Mbabane es la embajada China. Para ver el ecosistema subtropical -casi libre de Malaria- de Suazilandia, hay que entrar en alguna de las reservas privadas esparcidas por el reino. Reservas propiedad de los mismos blancos que conviertieron Suazilandia en el pozo de podredumbre que es hoy. Curiosamente, esa miseria es muy difícil de ver. La región está atravesada por una moderna autopista de cuatro carriles que apenas tiene salidas. Comunica a la capital con Sudáfrica y con dos pequeños aeropuertos. Pero los poblados están lejos y hay que llegar en vehículos especiales o, como hacen ellos, caminando.

Y está el domo más grande del mundo (más que Ayers Rock) y Robben Island y la mega favela de ciudad del Cabo y las playas para blancos y…

Supongo que tendremos que volver, eh, Oriol.

Category: Fotografía, Personal, Viajes

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